Informacion (04jul04) Resumen de la entrevista de ÁNGELES CÁCERES:

Paco MiraPaco Mira (Francisco Mira Alfonso) Sus recuerdos forman parte de la Historia reciente de Monóvar

¿Empezamos por Monóvar y la Casa Museo Azorín?
—Sí, bien. La Caja de Ahorros del Sureste me llamó para dirigir la oficina de Monóvar porque nací allí, en la finca Cavafría de mi abuela y tengo allí muchos familiares, tierras, bodegas y amigos. Yo era pasante de abogado con poco porvenir, así que ni me lo pensé
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Pero, a lo que íbamos: me presenté en el despacho de don Antonio Ramos Carratalá, que me dijo que me iba a tener un par de meses haciendo prácticas en San Fernando, y a la semana me llamó: mira, Paco, coge esta noche el tren de Madrid, bájate en Monóvar y mañana a las ocho, a la oficina. Poco a poco me fui haciendo con el pueblo, y enseguida advertí que cuando se pagaban las pensiones a los mayores había un señor que destacaba por su aspecto y vestimenta; pregunté y me dijeron que era don Amancio, el hermano de Azorín. Viendo que le hacían objeto de vejaciones porque allí acudía mucha gente sin educación, me ofrecí a ir a pagarle la pensión a su casa para que no tuviera que pasar esos trances tan desagradables.
Todo un detalle, sí señor.
—Eran otros tiempos. Total, que voy y me abre su hermana Amparo la puerta de una casa destartalada, medio hundida y con un frío impresionante. Fuimos tomando confianza, un día don Amancio me enseña una habitación con todo amontonado y se me ocurre coger un papel: oiga, esto es una carta de Pío Baroja; y mire, otra de Ramiro de Maeztu. Ah, sí, ya. Y estos libros están acotados por el propio Azorín. Pues claro, si son suyos. Don Amancio, ¿y esto qué hace aquí? Huy, pues se lo comerán las ratas, hijo, si eso no le interesa a nadie.
No se lo diría en serio, hombre.
—Sí, no se llevaba bien con su hermano. Yo estaba angustiado viendo que aquel tesoro se iba a perder, y mira por dónde esa misma tarde había un entierro, el primero que se celebraba con la nueva liturgia, y como iba a ser muy largo yo me fui a tomar un café con Salvador Poveda padre, persona maravillosa y un enamorado de la cultura. Él era de la junta de gobierno de la Caja y nos llevábamos muy bien. Así que aquella tarde digo: mira que tenernos que tragar una misa en martes, ¿qué no es bastante con la del domingo?, y él: "Xe, tens raó". En el bar le conté lo que había visto en casa de don Amancio, y luego estuve toda la noche sin dormir pensando en que había que hacer algo para salvarlo. Y a la mañana siguiente, a las 7, me vuelvo a encontrar con Salvador que tampoco había pegado ojo: ¿y si nos vamos ahora mismo a contárselo a don Antonio Ramos? Cogimos mi seiscientos, y para Alicante.
¿Y le gustó la idea?
—Estuvo dos o tres minutos callado mirando al techo, y al fin dijo: por mi parte tenéis carta blanca para hacer lo que creáis necesario, cueste lo que cueste aquí está la Caja; pero os advierto que vais a tener que luchar mucho. Y fue cierto, encontramos muchísimas dificultades, empezando por la familia.
No parece muy entendible.
—Pues así fue. Para empezar en la casa había cuatro inquilinos: un zapatero, un carpintero, una chatarrera y un señor que tenía un horno. Para que se fueran hubo que facilitarle al zapatero y al carpintero una fabriquita a cada uno, a pagar en no sé cuántos años sin intereses; la chatarrera y el hornero se conformaron con dinero. Con la casa ya libre de inquilinos vamos al Registro y aparecen como propietarios don Amancio, Azorín y un sobrino médico que vivía en Beas del Segura. Nos entrevistamos con Jaime Barberá, alcalde eterno de Monóvar, y dice: el sobrino en saber que hay dinero dirá que sí, yo el problema lo veo con el propio Azorín. Pero si ha estado usted hace poco en Madrid a darle la medalla de oro de Monóvar, que por cierto él se negó a venir a recogerla. Pues por eso mismo sé cómo es ese hombre.
O sea que no son habladurías lo del mal carácter del escritor.
—No, qué van a serlo. Nos fuimos a Madrid y no quería recibirnos hasta que Jaime apeló a doña Julia, la esposa, y por su mediación nos atendió; pero cuando le expusimos la idea saltó como si le hubiéramos insultado: cuando me muera que hagan lo que se les antoje pero, mientras, con Monóvar no quiero nada. Entonces, cuando Azorín fue al servicio, le digo yo al alcalde: tranquilo, esto es la primera embestida; ya nos haremos con el toro.
Cuénteme la faena pero abreviándola, que no nos cabe.
—Bien; pues aunque él no quería ni oír hablar de don Amancio ni de Monóvar, al final doña Julia lo convenció de que vendiera su parte de la casa, pero no quiso saber más. A don Amancio la Caja le hizo una casa nueva con tres pisos: uno para él y su hermana Amparo, otro para  su hermana Mercedes, que vivía de limpiar casas porque sus hermanos no se hablaban con ella y la Caja no quiso dejarla así, y otro que nos exigió don Amancio para la servidumbre, fíjate tú qué expresión. Después empezaron las discusiones con el Ayuntamiento, que quería que la Caja corriera con todos los gastos y colgarse el pueblo las medallas, y por fin se creó un patronato compuesto por dos miembros del Ayuntamiento, Jaime Barberá y un oficial del registro de la propiedad, y por la parte de la Caja Salvador Poveda y yo. Al final se llegó al acuerdo de hacer, a la entrada a la izquierda una biblioteca municipal pagada por la Caja, a la derecha un aula de cultura compartida, y arriba la parte noble del edificio dedicarla propiamente a Casa Museo. Fue difícil porque estaba muy deteriorado pero Ángel Fernández, un aparejador estupendo de la Caja, lo resolvió todo. Menos la escalera, que cuando íbamos ya a derribarla nos dice Joano Caneu, un maestro de obras del pueblo ya jubilado: don Paco, "les arquitectes tenen raó i saben molt, pero si vosté quiere yo le deixo la escalera exactament que estaba sempre, sense tirarla". Y lo hizo. Por último, en las cambras decidimos hacer un espacio para la Coral Monovera.
La cosa se llevó su tiempo.
Calcula, yo entré en Monóvar en el 57, y aún no se había inaugurado en el 66, cuando me vine a Alicante porque mis hijos crecían, necesitaban estudiar y no queríamos mandarlos a un internado.
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Paco. Sigamos con su trayectoria en Alicante.
—Iba mucho por Monóvar, donde me sucedió Pepe Albert, muy amante de la cultura, que ha muerto ya el pobre. Aparte de la Casa Museo yo descubro allí un rolde literario con gente extraordinaria; y luego estaba, acuérdate, El Palera.
Eso sí que fue grande.
—Impresionante. Había una cueva que tenía unas vistas fenomenales, y Salvador Poveda, otros amigos y yo pensamos hacer como un altillo. Constituimos una sociedad, no jurídica porque no había más documento que nuestra palabra, pusimos cada uno creo que 2.000 pesetas, le compramos la cueva al dueño y edificamos arriba el estudio. Esto se pudo hacer en gran parte por Luis Vidal el pintor, una bellísima persona, recuerdo que una vez quería presentarse en un salón de pintura de Alicante y le faltaba obra, yo le dije que se llevara un cuadro suyo que yo tenía y, xé, van y se lo premian; tengo que renunciar, dijo, porque en las bases está que el cuadro premiado se lo queda la sala y es tuyo; qué has de renunciar, me pintas otro y en paz.
Qué bonita anécdota.
—Pues enseguida empieza a ir gente al Palera, Perezgil, Benjamín Palencia, Pepe Mingot el de La Decoradora, y aparece Pancho Cossío, que le gusta tanto la cueva que se queda a vivir allí una temporada. Las exposiciones de septiembre eran famosas, acudían pintores de toda España. Enrique Cossí, pintor genial, llegó, hizo amistad con Luis Vidal y se quedó allí hasta que se murió. Pau Lau, el de Villena, siempre estaba por allí también. Luego El Palera se muere cuando se muere Salvador Poveda, yo me vengo, Perezgil enferma y muere… Y ya se pierde la tertulia de cada tarde en el Casino, donde se reunía toda la gente con inquietudes.
Le pilló a usted de lleno la época de la recuperación del fondillón por los Poveda, a partir del futre de don Eleuterio Maisonnave.
—Es que los Poveda, (los Borrasca, que les llamaban) son muy amigos de mi familia de antiguo; Salvador, el abuelo, nos mandaba los carros a llevarse el vino y no hablábamos de precio hasta final de campaña; con ellos la palabra es sagrada.
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Vamos terminando, Paco: ¿va usted mucho por Monóvar?
—No he vuelto. Me ha dolido mucho que no me llamaran en ciertos momentos, incluso no conozco cómo está ahora la Casa Museo. Y fíjate que yo con Pepe Payá, el director, de mil amores, pero… La memoria de los pueblos es desagradecida. Por ejemplo, con Salvador Poveda padre. Por ejemplo, ni una calle le han puesto. Con las personas, con las ciudades, con el recuerdo colectivo… Aquí se están cargando Alicante, la arquitectura, los jardines, la memoria, ¡qué crimen!. Han matado aquella ciudad amable y bella, donde en el Jumillano el padre de Miguel por una peseta te daba un chato de vino y una banderilla...